

Recorrer Chiloé es descubrir mitos y leyendas ancestrales, pero todavía muy presentes en la vida cotidiana de sus habitantes. Es viajar entre ondulados y sinuosos caminos y carreteras que atraviesan hermosos campos y praderas que se pierden en el horizonte y que dan cuenta del enorme tamaño de la isla. Es admirar y aprender sobre una escuela de arquitectura única –el estilo chilote-, representada en un conjunto de hermosas iglesias de madera, dispersas en distintos pueblos e islas aledañas, que están consideradas Patrimonio de la Humanidad. Es experimentar el sabor de las papas nativas, de los mariscos recién sacados del mar, del milcao y el chapalele, todo preparado en el fondo de la tierra y cubierto con hojas de nalca, como dicta la tradición del curanto al hoyo. Y es, por cierto, la posibilidad de explorar una geografía que aún permanece en estado salvaje, repleta de valiosas especies de flora y fauna que encuentran en este lugar uno de los últimos refugios naturales del planeta.